MIS SECRETOS VOL II

Entiendo por secreto algo que no se debe contar.

 

Seguir rascando pecados en la penitenciaria de Katsushika (Tokio) dejó de tener sentido.

 

Un viejo amigo me apodó el orador de Ginza. Mis disparates a los mandos de un whisky macerado con té verde componen el esteroide perfecto para la imaginación desdeñada de un treintañero encerrado en el cuerpo de un señor de 70.

No pretendo arrojar luz sobre mis sombras. Entiendo la vida como un elemento fugaz donde mi tiempo para quedar bien con los demás se ha consumido como un jarro de agua fría en el desierto. Supongo que simplemente me he cansado, uno de mis secretos es que mi grupo de amigos se ha reducido a unos diez individuos. Lo vendo como secreto porque créanme ganas en salud.

Como intentar encontrar ventresca de atún en una subasta vegana. La amistad es un secreto, un elemento de pirotecnia dispuesto a perdurar en el tiempo cómo perdura una canción de Dylan.

Precisamente conversación y bourbon barato es el punto perfecto de una ecuación que con la edad me cuesta menos resolver. Recuerdo tiempos de prosa barata en mi ciudad, alcornoques en cada esquina dictaminando que es lo correcto.

Dar la vuelta al mundo solo sirve para una cosa. Entender que la vida fluye en cualquier lugar y que el instante lejos de acabar a veces vuelve a ser infinito. De esto y la canción perfecta hemos hablado en este blog una otra y otra vez, pero realmente siento que a cada paso que damos terminamos comprendiendo que nuestra realidad – la auténtica realidad– es la que termina con nosotros. Nuestra única opción es reprimir nuestros instintos , echarnos a la cama y soñar con lo que verdaderamente queremos ser.

Difícilmente podemos explicar como un instante se dilata en el tiempo. He conocido a taberneros sin solera con botelleros de oro en Kyoto, a crápulas sin alma en Los Ángeles o a cabareteros de postín en Paris.

La vida nos muestra una vez más que el camino es elegido y nos elige, pero cómo dijo Walt Whitman seguiremos cabalgando por el desfile interminable de los desleales.

No nos engañemos. Terminaremos como las esculturas de Giacometti, inertes, presas del fin de los tiempos y quizás lo único que nos hará diferentes al resto será la pasión y decisión por traducir nuestros verdaderos instintos.

Seguiremos durmiendo en las alcobas de Madrid, en los fríos templos de Hangzhou o en las suites de Hong Kong. Todo vale. Pierde la demora de una vida que ya tiene su rumbo, solo piratas ansiosos de aventura pueden cambiar de brújula.

A mí sabéis donde encontrarme, sigo ofreciendo lo mismo, conversación de ultramar y quizás algún secreto. Mientras tanto seguiré buscando mi verso.

 

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